¿Quieres leer el primer capítulo de Casualmente Valentina de Elena Garquin?

12 noviembre 2015

Benavente, 1886. A Rafael Mejía la vida le sonríe. Es un hombre de éxito, joven, atractivo y arrogante, y acostumbra a conseguir lo que quiere en un abrir y cerrar de ojos, tanto en los negocios como en el placer.
Valentina, la humilde empleada de una posada de dudosa reputación, será su siguiente víctima. Una muchacha tan dulce como hermosa por quien se siente irremediablemente atraído, hasta el punto de convertirla en la principal candidata para ocupar su cama, sin imaginar que, con ella, comenzarán sus problemas.
Para Valentina, la impactante aparición de Mejía provoca un enorme cataclismo en su apacible vida. Resuelta a no sucumbir al enorme embrujo que ejerce sobre ella, combatirá su oscuro atractivo de la única forma posible: conquistando un duro corazón que él presume de no poseer.
Desde los fastuosos salones del Casino de Benavente hasta el oculto corazón de la sierra de la Culebra, Valentina seguirá a Mejía en un viaje plagado de peligros y sombras de los que Rafael la intentará alejar, pero ¿será capaz de eludir con la misma fuerza el poder del amor?


P R I M E R  C A P Í T U L O   D E  CASUALMENTE VALENTINA



POSADA DE ADELA, AFUERAS DE BENAVENTE, ZAMORA, FINALES DE AGOSTO DE 1886

Rafael Mejía abrió los ojos de par en par, antes de frotarse la cara para poder orientarse mejor. ¿Dónde estaba? Carraspeó y se incorporó en la cama hasta posar los pies en el suelo. Cuando la luz del quinqué le permitió ver los austeros y escasos muebles de la estancia, recordó de inmediato. ¡Por todos los demonios! ¿Cómo podía haberse quedado dormido tan profundamente? Soltó un juramento. Ramona, una de las complacientes chicas de la posada, le había cedido gustosamente aquella habitación para que descansara, pero el breve intervalo se había convertido en un profundo
sueño del que acababa de despertar.
Se acercó al espejo, pero casi tuvo que retroceder, asustado por la imagen que aparecía en él. ¡Jesús, menudo aspecto! Con el pelo castaño revuelto, la cara cubierta por una sombra oscura de barba y los ojos aún medio cerrados, acababa de pulverizar la imagen que mostraba a toda la villa: un hombre atractivo, elegante y distinguido. Aunque, al menos por esa noche, tendría que contentarse con lavarse un poco con el agua de la palangana, antes de intentar en vano alisarse los pantalones y las arrugas de la polvorienta camisa, para abandonar la alcoba con paso apresurado.
El ambiente del salón principal de la posada estaba tan cargadode humo que los ojos comenzaron a escocerle. Su amiga Adela disfrutaba de un lleno espectacular. Lo corroboraba un conjunto ensordecedor de voces de lo más variado, que iban desde las risas de los parroquianos hasta los gritos de alguna discusión provocada por las partidas de cartas y el exceso de vino, observaciones obscenas e incluso exclamaciones reprobatorias cuando algún moscón inoportuno se pasaba de la raya. 
Rafael se dirigió al mostrador, devolviendo el saludo a un par de Civiles, vestidos de paisano y apostados junto a la puerta lateral que daba paso al patio trasero. Después, centró su atención en la jarra repleta de vino que Ramona le sirvió, con su habitual desparpajo y un par de gloriosos pechos que meneó ante su mirada indiferente, antes de dirigirse a una solitaria mesa en un rincón igual de solitario. Aquello era justo lo que necesitaba para poder analizar su plan en el poco tiempo del que disponía. Claro que no todos opinaban como él. Adela lo vio derrumbarse sobre la silla y consultar su reloj de bolsillo antes de comenzar a beber. Suponiendo cuáles eran las prisas que le nublaban el gesto, pidió a Ramona un vaso y se dirigió hacia allí, soportando su mirada asesina mientras tomaba asiento.
—Dichosos los ojos, Mejía —saludó, casi gritando para hacerse oír—. Hacía mucho tiempo que no te dejabas caer por aquí.
Rafael comenzó a resoplar. Se avecinaba otra conversación de las suyas, fingiendo una pelea a través de la cual le recriminaría todos sus actos pasados, presentes e incluso futuros. Siempre había sido así entre ellos, a pesar de que sus encuentros se espaciaban irremediablemente en el tiempo.
—El trabajo me ha tenido lejos más de lo esperado —se excusó.
—¿Descansaste bien?
—Demasiado bien, para ser exactos. Incluso me olvidé de bajar a saludarte.
—Claro… ¿Y no será que la baronesa Guzmán te ha dejado por fin libre y por eso andas tan distraído?
El nuevo resoplido fue más audible y menos resignado. Su fama le ponía muy difícil mantener la discreción en una villa como Benavente, donde los rumores corrían como la pólvora. Él y su amigo Santiago Canales se habían convertido en auténticos héroes locales desde que, hacía años, detuvieron a un anarquista demente que pretendía volar dos carromatos atestados de trabajadores de la baronesa, con una buena carga de explosivos en medio del camino.
Esa posición aventajada para muchos no lo era tanto para él. Le había costado privacidad, sobre todo cuando el nombre de la baronesa se mezclaba con el suyo. ¿Y todo por qué? Por el empeño de ciertas personas en ver sentimientos complicados donde no los había. Para él, su corazón era el órgano que latía dentro de un espectacular cuerpo, nada más. Incluso la baronesa se había dado cuenta, antes de que la tomara por una amante demasiado pegajosa. No tuvo que convencerla de que su interés sexual se había convertido en simple cariño, ni lidiar con lágrimas y gritos, para su tranquilidad. No hubiera sido la primera vez que debía soportar escenas difíciles de catalogar, como mínimo.
—No tengo ganas de hablar del tema —dijo con sequedad.
—Pero lo harás de todos modos —insistió Adela—. Estás demasiado tenso como para no acceder a una conversación intrascendente con una buena amiga.
—Tus conversaciones nunca son intrascendentes, aunque te lo agradezco. Ahora el Flaco ocupa toda mi capacidad de atención. Ese puñetero contrabandista me ha quitado el sueño.
—Tanto como antes te lo quitaba la baronesa.
—¿Quieres bajar la voz? —le advirtió él, inclinándose hacia delante—. Nunca ha sido mi intención destrozar reputaciones ajenas, y la de Claudia menos todavía. Para esta villa, mi relación con ella siempre ha sido estrictamente profesional.
—¡Por favor! —exclamó Adela con su desparpajo habitual—. Eres el personaje más reconocido y respetado de Benavente, tan influyente como ella. Seguro que todo el mundo celebraría vuestra
boda.
¡Boda! Rafael decidió terminarse el vino de un trago para ahogar el espanto que aquella palabra le producía. No podía evitar sentir escalofríos al oírla.
—Con qué alegría echas el lazo sobre cuellos ajenos —protestó—. No me convienen las ataduras de ningún tipo. Corro demasiados riesgos en mi trabajo.
—Te sobra gente para correr esos riesgos por ti. —Adela respondió a la mirada oscura de Rafael con una sonrisa despreocupada—. Y ella te prestó el capital con el que Santiago y tú creasteis vuestra empresa.
Así había sido. Enclavada en medio de dos importantes ríos que regaban sus huertas y las de los pueblos aledaños, Benavente disfrutaba de una posición privilegiada para el tránsito de transportes. Desde allí, Los Vigilantes de Castilla, la empresa fundada por él y Santiago, había extendido su fama, realizando trabajos en los puntos más diversos del país.
Formada en su mayoría por hombres de Benavente y alrededores, su misión era actuar complementando la labor de la Guardia Civil. Una especie de escolta privada para aquellos que requirieran de sus servicios, tanto para el transporte seguro de mercancías como para la discreta investigación sobre personas. Y Claudia había tenido mucho que ver en el asunto.
—A la baronesa ya le devolví el favor prestado, tanto en moneda como en especie. Está satisfecha en ambos sentidos. —Su dedo índice recorrió el borde del vaso con ademán pensativo—. A partir de ahora, ella no será más que una buena amiga.
—Demasiado prepotente, aunque muy civilizado —opinó Adela, volviéndole a llenar el vaso—. Recibiría la noticia con gusto si no fuera por esa cara avinagrada que estoy obligada a soportar desde que me he sentado a tu lado.
—Que Dios no te dé lo que no quieres.
—Solo intento hacer la buena obra del día. Ha sido decepcionante ver cómo ignoraste el precioso busto de mi Ramona hace un momento. ¿A quién le amarga un dulce?
—A quien se ha empachado con ellos, como es mi caso —replicó con espantosa indiferencia, mientras encendía un cigarro y aspiraba el humo—. Son ya tantos que ni siquiera me alteran.
—Esa soberbia que te gastas acabará pasándote factura. —Él chasqueó la lengua con fastidio, pero no hizo más. Adela era una de las privilegiadas que podía hostigarle sin miedo a las consecuencias—. Algún día no muy lejano alguien te dará a probar un poco de tu propia medicina, Mejía. Acuérdate de lo que hoy te digo.
—Solo espero que, para entonces, mi memoria sea tan buena como tu vista —le respondió—. Parece que no me has quitado el ojo de encima.
—Desde que te vi aparecer por las escaleras. Un espécimen como tú no pasa desapercibido así como así.
Rafael la miró de reojo, sin saber si aquello era un halago o una crítica. Y era mejor no averiguarlo.
—Tienes un éxito rotundo con la posada —dijo, cuadrando sus anchos hombros en el respaldo de la silla y estirando las piernas por debajo de la mesa.
—Tu presencia aquí siempre origina un pequeño revuelo, ya lo sabes.
—Es normal que la gente me quiera expresar su agradecimiento. Les he proporcionado un trabajo distinto del que se ofrece en las fábricas de harina —añadió sin reparos—. Incluso el alcalde
se siente aliviado en sus jornales de invierno. Un poco de variedad no está nada mal.
—Eso es precisamente lo que tenemos aquí, querido. Variedad.
—Nunca entenderé por qué la llamas «posada» cuando presentas otra clase de servicios —replicó él, desplegando su primera sonrisa de la noche.
—Porque lo es. —Adela hizo chocar sus vasos con un chispazo travieso en los ojos—. En mi casa, los hombres comen suculentos manjares y duermen en una compañía inmejorable. Quizá si te sirvieras de ambas cosas, el carácter se te endulzaría.
—Tendría que ser algo sublime —comentó, haciendo un calculador recorrido por las mujeres que iban y venían entre las mesas—. No perdería el tiempo en otra cosa, y ya conozco tu material.
—Voy a hacer como que no te he oído. —Adela frunció el ceño. Por mucho tiempo que pasara, nunca terminaría de acostumbrarse a esa soberbia tan espontánea—. Si dejaras de mirarte el ombligo, verías que la mayoría están dispuestas a hacerte un servicio completo gratis. Permíteme que te diga…
—¿Y si no te lo permito?
—Te lo diría igual —insistió ella, cruzándose de brazos con obstinación—. Cualquier cardo del camino tiene un tacto más suave que tú. Sigue mi consejo y sé más galante con las damas.
Rafael entrecerró los ojos, como si realmente considerara la propuesta… Hasta que arrojó el cigarro para enlazar las manos en su nuca, con la indiferencia de aquel que oye llover.
—En primeras —comenzó a recitar—, yo no veo por aquí a ninguna dama. Y, en segundas —añadió con las cejas alzadas, antes de que ella pudiera protestar—, soy atractivo y elegante, con posesiones suficientes como para deslumbrar a cualquier mujer que presuma de serlo. No necesito la galantería para seducirlas, a juzgar por cómo ellas se abren de piernas en menos tiempo del que tú emplearías en llenarme de nuevo esta jarra de vino.
Parecía convencido de lo que decía, y no era de extrañar. Aquel era el efecto que provocaba en las mujeres. Él ignoraba qué clase de morbosa atracción veían en sus modales bruscos y desdeñosos, o en la frialdad de sus actos. No era ningún mujeriego. Si besaba, acariciaba o fornicaba, lo hacía por pura necesidad física. Pero, cuanto más ponía de manifiesto su indiferencia con respecto a satisfacciones ajenas, más suspiros de anhelo despertaba.
—Eh, pare el carro, Su Graciosa Majestad —se burló Adela, con una exagerada inclinación de cabeza—. Esas fanfarronadas son la muestra de que necesitas con urgencia las atenciones de una mujer, pero lo único que conseguirás el día menos pensado será una patada en los innombrables.
—Menos guasa. Toda la que se acerca a mí sabe a lo que atenerse. Ni miento, ni engaño ni ofrezco amor eterno.
Adela le dedicó una carcajada llena de admiración. Aquel hombre poseía una capacidad de adaptación encomiable. Igual alternaba con lo más selecto de la sociedad, haciéndose notar para bien en el Casino de la villa, que jugaba partidas de cartas en la posada junto a sus trabajadores apostando como el que más, se remangaba la camisa para faenar con el capataz de su finca o empuñaba un arma para cumplir con cualquier misión como un Vigilante más. Y lo hacía sin perder aquel aire de respetuosa cercanía que todo el mundo se sentía obligado a ofrecerle.
—Pues date por contento si ahora mismo no te pateo el culo por bribón deslenguado —le respondió, fingiendo enfado.
—En el fondo estás deseando que pasemos el tiempo como dos gallos de pelea. —Él le guiñó un ojo, totalmente inmune a sus advertencias—. Te encanta mi manera de ser, como a todas. Tienes la suerte de contar con mi presencia. Por eso no me echarás.
—No te echaré porque suelo ser bastante generosa con mis amistades —puntualizó Adela, sin que aquella retahíla de «autohalagos» la enervara lo más mínimo. Se conocían lo suficiente como para utilizar la mutua sinceridad sin que pareciera ofensa.
—Qué bien —replicó Rafael, satisfecho ante su cara de espanto—. Así podrás hacerme una oferta: dos fulanas por el precio de una.
—Déjate de monsergas, Mejía. Nuestra amistad no alcanza a tanto. En mi local hay muchas formas de matar el tiempo, pero todas previamente remuneradas.
Con gesto exagerado, bamboleó sus voluminosos pechos delante de una mirada masculina que no demostró ningún interés.
—¿Te estás ofreciendo como candidata? Mira que tengo pocas tragaderas, y menos cuando la edad de la mujer en cuestión supera ciertos límites…
Adela se echó hacia atrás en su silla. Acababa de decidir que la mejor manera de encarar la grosería innata de aquel hombre era alegrándose con más vino.
—No entiendo qué vio la baronesa en ti, aparte de tu portentoso físico —murmuró, dándose por vencida.
—Le bastó con eso —se jactó Rafael, con una petulante sonrisa en sus sensuales labios—. Al resto se empeñó en llamarlo «amor». Por eso terminé con ella.
—¡Serás…! —A falta de un adjetivo adecuado, Adela se propuso utilizar el mismo tono irónico que él—. Y para ti, hombre sabio y prudente donde los haya, ¿qué es el amor?
—Una palabra ridícula a la que ciertas personas recurren para excusar sus tontas debilidades con el sexo opuesto —manifestó con demasiada prisa.
Un poco tarde, se dio cuenta de que la había ofendido. En cuanto recordó que fue un amor lleno de falsas promesas y un deshonroso abandono los que, hacía ya muchos años, la habían empujado a su actual vida. Con un lamento apagado, se frotó la nuca antes de acometer el rostro pálido y la mirada fría de su amiga. ¡Por la Santa Inquisición! Ahora tendría que elaborar una disculpa, algo que se le daba peor que mal. Y todo por no haber sujetado la lengua a tiempo.
—Esto… Adela…
Intentó pronunciar la palabra «perdón», pero como esta parecía empeñada en no materializarse, alargó una mano para tocar el brazo de la mujer en un intento por reconfortarla.
—Déjalo, Mejía. Sé que tus intenciones son buenas. Ha pasado demasiado tiempo, y demasiados hombres, como para que aún escueza. En el fondo tienes más razón que un santo. —Con una triste sonrisa, señaló la puerta abierta del patio trasero por la que apareció Cosme, uno de los hombres de confianza de Rafael, cedido por este para encargarse de la seguridad de las mujeres que trabajaban en la posada—. Creo que ya tienes vía libre para hacer lo que quieras.
—Se agradece.
No parecía en absoluto incomodado por el desliz. La expresión que ahora adornaba sus ojos castaños era tan adorablemente canalla que Adela no pudo evitar ser benevolente con él.
—Cualquier cosa es buena para el héroe de Benavente —concedió.
—¿También prestarme el patio de atrás?
—Si es para bien, por supuesto. —Con un guiño cómplice, Adela terminó acariciando su áspera mejilla—. Incluso estoy dispuesta a perdonar la jarra de vino y el uso de mi alcoba, si me dices quién es el siguiente incauto que estará en tu punto de mira cuando el Flaco haya caído.
—Siempre negociando para sacar el mayor provecho de cada situación… —apuntó él chasqueando la lengua—. Si te lo contara, sabrías tanto como yo, pero que conste que pagaré mi cuenta religiosamente.
Visiblemente satisfecho por el efecto causado, la dejó y apartó a Cosme del grueso de la clientela.
—¿Ya está todo preparado? —preguntó con disimulo. Cosme asintió—. Confiemos en que Samuel haya hecho bien su trabajo.
—Pondría la mano en el fuego por él. Es el hijo de mi mejor amigo, patrón. Recomendado por mí.
—Ha demostrado su valía infiltrándose en la banda del Flaco para ganarse su confianza.
—Samuel los ha tenido bien puestos para mantener el tipo, fingiendo ser uno más, hasta que todos han sido apresados —añadió Cosme.
—Todos excepto el Flaco.
—A ese está a punto de llegarle la hora. Seguro que se ha tragado toda la información que Samuel le ha hecho llegar. De lo contrario, ya le hubiera cortado el pescuezo. —El hombre señaló el aspecto desarmado de Rafael—. Quizá debería procurarse algo con lo que defenderse.
—Si me ve así, bajará la guardia.
—De todos modos, si necesita compañía ahí fuera, no tiene más que pedírmela —insistió, no muy convencido.
Él la rechazó con amabilidad y avanzó hacia la puerta que daba acceso al patio. Antes de traspasarla, cruzó una mirada de entendimiento con los dos Civiles que lo habían saludado con anterioridad. Seguro de que habían comprendido su significado, enfiló el camino hacia la trampa perfectamente planeada.

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